Aterac y Lacareta
Habitualmente, vas haciendo aparecer, otras.
Un simple relleno de color, y surge (enmascara) lo que haciendo estabas.
Que, lo que así es, sea así.
Lacareta es negra y criatura a la que cercenaron las alas.
Reside en unas hojas de un verde que más que esconderla la previenen de que, cualquier observador, deseara, siquiera, mirarla.
Quién querría ir allí, a lugar tan … (¿ajeno?),
para contemplar ese verde reflectante, cegador, agraz,
naciendo en lugar,
(en vez de marrón madera de árbol),
negro.
Yo fui.
Es inquietante sí, (aun habiéndola ido a buscar), encontrar, entre una maleza tan hosca, esa presencia, y detenerte a mirarla de frente a los ojos, (que te devuelven esa mirada imperturbable y, sin embargo, suplicante), y no al cuerpo.
Al cuerpo no, (ni a la cara).
Por no incomodar, por la máscara superar, observar, entre la maraña, el mirar de una cabeza enmascarada.
Yo fui.
Boca abajo porque sí.
Y vi su figura estilizada con su abrigo negro y su corazón blanco enlazado en la trabilla de su espalda.
Su tez verde brillaba y deslumbraba (sí)
y protegía de la oscuridad y de las alimañas a las que,
por eso precisamente,
espantaba.
Su pelo recogido en un moño y su rostro reposado y sereno mirando,
para siempre, al frente.
Y el gorro,
nido que cada primavera incubará corazones de color blanco cáscara,
(de huevo),
también lo vi.
Cría, en su cabeza, aves expuestas siempre a que les cercenen las alas.
¿Condenadas a vivir tras una máscara?
Quién querría ir allí, (venir aquí).
A lugar tan ajeno.
P.S: aquí comenzó Sinequi, (aunque se aplicase con carácter retroactivo), el titular entradas con la misma palabra leída de izquierda a derecha y viceversa.