Manecilla negra de reloj
Tiene, también, en etiquetas, otra cara. Pero vea, ésta, primero.
La manecilla puntiaguda de reloj es negra.
Camina, ambulante, el vendedor que vende, (a su espalda acarreándolo y ni lo gana, ni lo pierde), tiempo que parece caminar de puntillas con delicadeza de bailarina de ballet, siendo, a la espalda, carga.
Ni de pared, ni de muñeca.
Señala la dirección sin hora, y él, a contra reloj camina, (y a pasos que marcan “tic, tac”), brazo izquierdo hacia atrás cuando hacia adelante la pierna derecha y viceversa, (como si algún lugar al que llegar tuviera, antes de que, de su tiempo, la cuerda se extinguiera).
Vuela el ave, con patas de manecilla, por manecillas dirigida hacia un adelante inexorable, en el que cualquier idea, pensamiento, que haya tenido, ha de quedar, abandonado, (¿suspendido?), en el tiempo de aire.
Es criatura de pico caído, negro y alargado, el tiempo; y está en pie.
Así quieto, (detenido), su espalda, que ya sabe lo que fue, no puede menos que sonreírse sabiendo a su presente así, con ese deseo expectante, mirando a lo que por venir esté, (sea cual sea la complejidad incomprensible de su apariencia), y sujetándolo con, de manecilla, su brazo.
Todo antes de saber, que no es ya tiempo de acercarlo o apartarle.
¿Has mirado, alguna vez, del tiempo, bajo su tablero?
¿indagado bajo de, de su mesa camilla, sus faldas?
¿qué dibuja su manecilla si doblas, del reloj, la esfera?
Es negra, del reloj, la manecilla.
Con ella, lo que a cada momento sucede, en su suelo, tirado queda.