Muchacho en pie sobre trono antiguo
La madre, que antes, (fuera de plano, de la vista), de un empujón, tiró, (al niño tranquilo), en la silla, con el dedo índice hacia arriba, le riñe, por eso (¡otro crimen de nuevo!), haber cometido.
Él, en pie, (primera vez que, tras empujón, consiguió no caer), callado, quieto, sobre un trono de madera del siglo VII (el más caro por supuesto, ha de elegirse el que más crítica en el lugar suscite).
Ella pide disculpas y comenta con alguien, (con cualquiera menos con él), que ya no sabe qué hacer para corregir a este muchacho incorregible pero que su hijo es y ¡qué va a hacer! que pagará el crimen cometido, (aunque lo pagará él).
Él, con su bota marrón, y su ropa naranja butano, inmóvil.
Porta a su espalda mochila con capacidad de frenar,de sonrisas a golpes, dedos acusadores:
con bota negra, para su cuerpo, enorme
y el adorno de su hebilla mirando atento, del niño, al brazo
, (y un rabo que la ancla a la espalda del niño).
La mochila rodea con sus brazos, (su pensamiento, de él, sujetando), al niño que inmóvil y en pie, ha dado el primer paso en su próximo camino.
Señaliza con leche de biberón, (como maternal vendido, nunca otra cosa que polvo y vacío), derramándolo para con él acabar y no será desperdicio.
Una vez, y sólo otra más.
Dedos índice y corazón del niño uno solo, (pegado, pegado, pegado, para sentir y para señalar incapacitado)
Y la mochila y él que no se sabe si dos o uno.
Y la madre niña que siempre recriminando y nunca enseñando a hacer.
Dos y uno, y una y otra vez, y uno, y dos…
El muchacho está en pie.