Calavera
Ostenta, la mirada, un código ajeno a la distancia que la edad señala. ¿Te has fijado en esos ojos que en cara arrugada, desdibujada, ajada y, sin embargo, tan vívidos?, ¿notaste esos que pese a piel tersa, menos años… y… qué muestran?
Tiene la mirada un poder adivinatorio que ignora: sabe, antes del cuerpo, de la edad, de… cuando se, (va) apaga.
Toma distancia suficiente para diferenciar sus facciones, para distinguirlas del amasijo de borrones, de vacíos.
¿Ves la boca con mueca desencajada esforzándose más por respirar que por gritar cualquier verdad, (mentira cualquiera, mentir a…)?
¿Los ojos, sus cuencas negras como cuevas, (como pozos secos) y esa luz diminuta al fondo de la que no podría decirse si apareciendo a lo lejos, si desapareciendo?,
¿y los surcos bajo la nariz deshaciéndose, (derritiéndose), a la que ya un solo orificio le queda?,
ni un diente siquiera con el que algo masticar, (aunque la angustia fuera).
Me, (te), preguntas si es un calavera.
Es lo que un día, (y otro, y otro, y otro), tú fuiste.
De donde te fuiste para llegar aquí.