Caminante de barro rojo, cocido y quemado.

El caminante de barro rojo, (cocido y quemado), camina.

Se dirige hacia una fiesta de disfraces, hacia quien disfraz de fiesta es y que, sobre máscara de dos caretas opuestas, se yergue.

Nada que les una.

Pasará de largo.

Continuará, (sin dejar de mirar al frente), esquivando la duda de si debiera a aquel lugar visitar, (de allí quedarse con algo).

No lo hará.

No esta vez.

Nunca.

Camina.

Cambiando, a su paso, la forma de la niebla que pisa, ese humo cuyo olor húmedo traspasará su calzado.

Caminó, hacia su nombre, una vez,

y pasó de largo.   

Los caminantes de barro, a partes enrojecidos, (a trozos, quemados), caminan sin cuerpo.

Salta, el uno, (pasando más tiempo en el aire que en el firme del que impulso coge),

como pollo con una sola pata y

rescata un cuerpo,

(!qué suavidad si su vaivén acariciases!),

como si, con una caña, lo pescase.

Le inyecta tinta que, cayendo, dibujará su siguiente contorno,

y eso,

será salvarle.

Camina el otro.

Escalón a escalón sobre superficie mojada,

que no traspasará su calzado,

(resbaladiza, que no alterará su paso).

Derramando, de su rótula, la tinta que dibujará, cada vez,

la pierna requerida para continuar caminando.

 Caminaron una vez,

no se supo si hacia su nombre o desde él ,

( si de él son parte o a parte suya se mueven),

si son condenados, o condena, o nada que ver.

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