La cobra y Tizul

¿Qué rumores, de qué océanos surcando, te susurraron qué historias de forma tan irrefutable?

¿Qué reptil, sobre el pensamiento ese erguido, veneno semejante te inyectó?

¿No calzas, acaso, botín capaz de esto aplastar con todo lo que has hollado?

¡Claro que juntos caminan!

(¿no es eso, acaso, andar, cada cual, por su lado…?)

Mira, (halagada por la atención, por el ímpetu turbada), la tierra fértil de montaña.

¿Cómo habría podido imaginar que Tizul, !aquel de los ojos rasgados y el pelo de cielo el color!, pudiera de esa manera desear tan de cerca encontrarla?

Qué podría hacer, (ella, por naturaleza inmovilizada), que no fuese, permanecer, (de él), a su vera.

Se cobra, la cobra, su cuenta.

Le sonrías o duermas (estando, por ello, completamente indefensa), no importa.

No hay bota alguna que la pise, (cuyo peso), la detenga, ni bravura de mar cuya ola la engulla.

Comparte, de compartir con cobra espacio la deuda, y, con tu vida, sáldala.

Tiene, Tizul, esposa.

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