Los drenantes de caballos
Le consideran una rareza, de monigote una especie con quien no comparten ojos ni cabeza, que por ahí anda, como levitando, (eso todo lo que no sea seguir, de ellos, los pasos, es), por vericuetos que a ningún lugar autorizado, (respetable), puedan, (por mucho que los hechos confirmen lo contrario), llevarle.
Y eso les autoriza, (como uno actúan, dos son), a perpetuidad, a drenarle, (obligándole a él, en aplicación de la ley esa, a consentirlo).
.Los drenantes de caballos.
Está, el caballo, en constante diálogo entre su frente y su hocico.
Sabe, la una, que la están vaciando de contenido, de significado; tiene, el otro, dudas, o explicaciones para aceptarlo.
Acaba, el uno, por asumir que carece de final, (con fin), el proceso, (será insuficiente el vaciado completo, continuará con convertir, el vacío, en mentidero); ignora, la otra, cómo zanjarlo.
Y mientras, un mismo tronco, con entradas y salidas dos, le atraviesan.
A costa de su alimento, (para hambrientos continuar, succionando con labios que dicen lo contrario estar haciendo), se alimentan.
.Ladrón drenante.
Actúa, el ladrón drenante, con antifaz, (ocultación) y sonrisa, (burla y satisfacción).
Ni un solo pelo de tonto tiene.
Disfrazado como de perrito dulce y bueno, por ello, se conduce, naturalmente, despatarrado con las gónadas así, ¡como de ser ha!, al aire.
Dice ser uno y carecer de plan alguno, pero alimenta a un mismo tronco, del que forman parte dos.
Tendrá, el caballo, (habrá de hacerlo y eso, al final, sin fin previo, hará), que arrancarse la cabeza, así, de cuajo y de, por toda vez, una.
No habrá otra manera que no sea del cuerpo, (del corazón), apartarla, para, en su sitio, conservarla.
La mula y la alforja
Para lo que anotas, cuatro posiciones de la imagen debieras poner.
Una, y sola, dejas.
Tiempo, y alentar, a la otra parte, (del lado al otro), a ello hacer.
.La mula y la alforja.
Descansa, la mula, dejando caer sus alforjas mientras reposa, en pie, empujando su cara alargada sobre cualquier árbol que se lo permita.
Le da vueltas la testa, así le sucede siempre que, por asalto, sin permiso, recuerda todo lo que, con el morral, ha, más que hecho, sido.
La fuerza de qué corriente guiaba a las árguenas, por todo medio, a cualquier sitio.
Todo lo que erguidas, juntas, caminaron como si, de todo baile, fueran pareja, (como si no hubiera habido evento que, en fiesta, no hubieran convertido).
Cuando despatarrada, pretendía que los bolsillos de la talega eran un gran sujetador de otro tipo de hembra.
Y…
Su alforja, (única compañía), compañera y ella; y la marea, (el mareo), de lo que fueron, al suelo vacío cayendo.
Tus labios y el duende
Dibujaría tu boca.
Labios de color ajado por el tiempo carnosos todavía.
Comisuras oscuras, casi negras, al igual que cuando en contacto con el otro, (la otra), el uno.
En tu cabeza un pañuelo enredaría al viento, (que tu rostro y tu cuello serían),
cubriría la mitad de tu cara por él, (tiempo), por ello, no manoseada.
Dibujaría tu ojo inmenso, (de tamaño que abarca un mundo, una época, un sueño), cerrado;
ocupando casi todo tu rostro cuando tú así, plácidamente, en reposo.
Dibujaría, tu ojo, que sería boca, cuando tú, ahí, casi escondida tras, (…tu rostro),
a punto de venir a mi encuentro.
Pintaría en hojas de fibra de morera, y sedas y de papel maché y te preguntaría si te reconocías en algunas, (todas), de ellas.
Te dibujaría.
Si existieras, si existiéramos, (si supiera).
¡Cómo no te besaría entonces!
Qué, de no haber dejado de hacerlo, con tus labios, no haría.
.El duende.
El duende, de un solo e inmenso ojo, quiere acercar sus labios, a tu boca.
Y tú sonríes, dejándola, (traviesa, juguetona y diminuta),
ir, mientras una mano,
(pie de dragón como de oriente y que más que volar es, cual pañuelo, por el viento llevado),
del, a tu espalda y duende, te aleja.
Te crio, con toda ternura, (cuidado, saña), de que fue capaz, una bestia;
te cortejó un deseo fantástico, (imaginario)
y fuiste (por el viento a cualquier lugar llevados) labios.
Señal de nada
Por su aspecto, no mostrarías la imagen, pero, (por ser quien te consintió poner alguna palabra a un pensamiento impronunciable), lo haces.
Me mandas señales de humo.
Así es como hemos terminado por comunicarnos (no).
Vienen acompañadas de polvo de estrellas:
contaminante deslumbrante que no podría, del humo, desentrañarse.
Atravesando una puerta a un pasado que, en el presente, no sobrevivió, vienen pretendiendo abrir la oportunidad al futuro.
¿Cuántas veces te dije lo que estaba presenciando suceder y te supliqué encontrar remedio conjunto antes de que fuese tarde?:
la respuesta fue polvo de humo, señales de estrellas.
Y, ahora que ya no hay remedio,
la criatura ésta de morro alargado cuyas quijadas somo tú y yo,
espalda con espalda, (una solamente por suturadas con, de estrellas, el polvo),
y contorno de humo,
de qué es señal,
(señala a qué).
Pares
A todo debieras poner un nombre lo más escueto posible , (para que lo encuentren, para que lo busquen, para que recuerden, para que…), y, sin embargo, habrá historias que, ¿cómo las nombras?, ¿ son “pares” o “dos” o parejas, o…?
.Pares.
¡Siempre hay tu idéntico?,
(¿qué mayor prueba de existencia que un “tener que haber estadístico”?).
Pon atención.
Vendrán.
A tu espalda, de frente, arrastrándose, colgando de un hilo apenas, sigilosamente, o…
Te encontrarán,
¿les reconocerás?
¿Qué harás?
¡Cómo no va a haber eso que eres tú, seas lo que seas?
No estás sola.
Sólo en otro lugar.
No vendrán.
Permanecerán encerrados en cuevas de barrotes idénticos a los de la tuya.
Y no les verás.
No les encontrarás, (ni les buscarás siquiera), jamás.
¿Qué no harás?
Vendrán.
No vendrán.
Qué harás.
Qué no harás.
Habrás muerto, o morirás.
¿Importará?