Ollabac y el caballo

Hubo, una vez, una bailarina que montó a un caballo.

Usaba zapatillas de ballet.

¿Le conoces?,

¿sabes, al menos, algo de él, zapatillas de ballet que le ves, aparte?,

¿tienes noticia de sus crines de color de las montañas de cenizas de volcán por las que cabalga?,

¿qué le alimenta, qué busca comer, (qué encuentra, su forrajeo, a su paso) ?,

¿quién, (qué), de alguien, (algo), hacerlo, , le monta?,

¿tiene tan sólo dos pies y es prótesis biónica que consiente a alguien más, (o a lo que fuere), moverse,

o tres,

(tercero de trozos hilvanados con aire y de carpo metálico)?,

¿hacia qué baile trota)?

Ollabac camina.

A algún lugar, según la determinación de su paso muestra, se dirige.

En apariencia, (¿mentira?), apresurado.

Sólo porque avanza erguido, y con piernas alargadas que marcando largos pasos, pareciera que galope.

En verdad, para su tamaño, se mueve despacio.

Es, solamente:

cabeza, (desbordando sentimientos metálicos que, de desprenderse, quedan empotrados e intactos en lo que se encuentran a su paso);

órgano sólo algo hepático, (digiriendo recuerdos, así conectándolos con el resto de su cuerpo);

y dos piernas calzando, de bailarina una,

los zapatos.

Los tres trazos del caballo de zapatillas de ballet

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