Fuego
.Fuego.
De fuego sus ojos.
Los tres: el que muestra, (cálido, inocuo), y los dos…
¡mágicos!
Ese par que sólo si abre su boca de fuego, (su sentimiento, que abrasa, abrasado).
Que calcinan cualquier oportunidad de ser.
Que destruyen lo construido mientras su boca cerrada, (contenida su rabia).
Que sólo consienten sobrevivir, (si reptando, arrastrándote), sobre su condición incinerada.
Y, de su obra ígnea por encima, convenientemente envuelto, (ocultado), atado, (¡que, ni muerto, vaya y se expanda a su criterio!), el cadáver que dejará, su boca, (su naturaleza), las veces que ardió, (tantas, que quemó cualquier recuerdo de algo distinto haber hecho).
No es su disfraz falaz, (de candor, candidez, ingenuidad, inocencia…), lo que te habrá consumido,
habrá sido, descubrir qué eran en realidad, de cerca, aquel calor y luz visible de lejos, primero,
y luego, (respeto lo llamaba tu alma ardiendo), no haberla, ni una sola vez, desenmascarado.
.Llama.
Mira hacia arriba, y a distancia lo que, (tras tantas veces haber alejado), se le aleja.
Su lengua puntiaguda cuelga fuera de su boca cerrada, como la del perro que intenta regular su temperatura, (aquí, su furia, su rabia).
Está hinchada y, en su centro, en negro ulcerada, (como su alma desperdiciada).
De sus otros ojos el par, mirando hacia atrás, (siempre guardándose la espalda), mientras, hasta el último momento, intentando impedir partir a, de sus llamas, los restos carbonizados.
Les llama.
Llama.
A nave con orza al lado de la cual nadar.
Con vela de cuerpo amortajado, (con esa forma disfrazado como única escapatoria),
y atado, (asegurando, así, que no cambiará de opinión en el último momento, que, aunque de nuevo le llamen, se irá).
Con una bandera improvisada, (condición indispensable para viajar).
Y con mástil color, que la cara del fuego, tuvo cuando no en llamas.